Romero de América, Romero de los pobres de tu patria y de todas las patrias que en el mundo te veneran por tu compromiso con los débiles.

Qué impresión tan hermosa sentí cuando en una casa de familia en Aguilares me mostraron la mata de romero familiar. Y es que lo han adoptado como tradición tener una mata de romero en cada hogar en honor a su santo. No en vano el apellido hecho de aroma, discreción y sencillez, virtudes del santo campesino de Ciudad Barrios. El romero es discreto, y deja por donde pasa el buen olor de Cristo.

Pero el Romero pastor fue también valiente, una valentía sin armas, sin otro prestigio que el que recibía de los pequeños, de los sin nombre. Cómo los grandes profetas del Antiguo Testamento enfrentó a los poderes que oprimían a las clases más vulnerables.

Santos incómodos son esta clase de santos. Incómodos para su misma iglesia de élites. Muchos se avergonzaron de ROMERO y se ruborizan hoy también. Se rasgan las vestiduras porque Romero no es un santo a su medida tradicional y conformista.
Otros santos y santas comprometidos con los pobres nunca fueron tan atacados como Romero. La razón es porque Romero asumió su compromiso a lo Cristo y cuando se asume a lo Cristo vendrán cruces y siempre se termina como el Maestro de Nazareth. San Romero era un verdadero pastor porque daba la vida por su pueblo, él conocía a cada uno y lo llamaba por su nombre. Cuando se ama al pueblo con la pasión con que Romero lo amaba, surge espontánea la profecía, la denuncia y desde la hondura del corazón sale un grito indignado como el de Cristo increpando a Herodes: “vayan a decirle a ese zorro…”

Romero tenía pavor a una muerte violenta, la sospechaba pero no por eso la rehuía. Sintió miedo como Jesús en el huerto. Romero también vivió su Getsemaní, y terminó a lo Cristo, haciendo la voluntad de Dios y no la suya.

!Que misterio! la bala asesina lo traspasó en el momento de la ofrenda. Lo de Romero no lo puedo leer desde la visión tradicional del sacrificio sino desde la ofrenda. Su vida fue ofrendada junto con el pan y el vino consagrados en su propio martirio. Nuestra vida de luchas y de entrega no debemos verla como sacrificio sino cómo ofrenda, sólo así nuestra existencia recobra su sentido crístico.

Hoy Romero seguirá teniendo detractores aún después de canonizado, porque su voz sigue resonando dondequiera que haya pueblos oprimidos. Los mártires como Romero son un espanto para los poderes de este mundo.

Me decía la hermana Mónica cuando contemplábamos la cruz de la capilla donde mataron al padre Rutilio Grande. Esa cruz tiene 16 impactos de bala y Mónica comentaba que es la mejor prueba de que el mártir sigue vivo y los que viven en la muerte desean que desaparezca de la memoria del pueblo.

Santos incómodos estos santos salvadoreños.

Lo que sí es cierto es que en la canonización de Romero, el Papa Francisco está canonizando a todas esas mujeres y hombres santos que, como San Romero, ofrendaron sus vidas en el altar de la historia de sus pueblos, de muchos modos y desde situaciones y espacios tan diversos. Y los fariseos y los sanedrines de siempre seguirán murmurando. Mientras tanto, la vida de estos incómodos locos por Cristo seguirá alumbrando cual estrellas en el firmamento.

Numa Molina SJ