Quiero dedicarles mi reflexión a una de las expresiones humanas más hermosas, la sonrisa. No me refiero a esa sonrisa que llaman “de alcabala” o “de azafata” con el perdón de las azafatas. Hay sonrisas que parecen,   pero te pasa como con las flores plásticas, cuando te acercas para detallarlas te encuentras con un objeto inerte y frio.

¿Ustedes se han percatado de la sonrisa de un niño? ¡Qué profundidad espiritual lleva por dentro! Siempre he creído que uno de los regalos más hermosos que nos hacen los niños es su sonrisa. Pero hay adultos que  no han perdido la transparencia del niño y saben sonreír de modo cristalino. La sonrisa de esas personas es como el relámpago del Catatumbo, luminosa, reflejo de la armonía con que  viven.

Las mejores sonrisas siempre son espejo de un alma buena, volcada hacia afuera, curtida de amar, apasionada por lo que hace. No olvido por ejemplo la sonrisa de Madre Teresa de Calcuta no obstante los muchos dolores que encontraba cada día. Cuántas llagas curaba y cuanta injusticia encontraba en las calles pestilentes de la gran ciudad, sin embargo, era una bendición para cualquier indigente que fuera encontrado por Madre Teresa porque  la terapia sanadora comenzaba en el mismo instante  con la sonrisa  que le regalaba.

Eso los cristianos lo hemos perdido. Atrapados por el frenesí de cada día cerramos la ventana del corazón y perdemos la sonrisa sanadora. El evangelio nunca habla de la sonrisa de Jesús pero sí habla de las multitudes que lo seguían y lo buscaban como abejitas a la miel, luego, Jesús tendría una sonrisa cautivadora pues llevaba por dentro la ternura del Dios.

No dejemos podrir la sonrisa,  todas y todos llevamos un manantial  capaz de dar vida, regalemos nuestra  sonrisa  fresca, capaz de sanar este mundo herido por tantas amarguras inútiles.