Me impresionó mucho una crónica que leí sobre el campo de concentración de Dachau uno de los más temibles de la segunda guerra mundial.  Comentaba una maestra que aquellas cámaras de gas habían sido construidas por expertos ingenieros y las inyecciones letales las aplicaban médicos o enfermeros titulados, y niños recién nacidos eran asfixiados por asistentes sanitarios muy competentes. Irónicamente agrega la docente: “desde que me di cuenta de esto, sospecho de la educación que estamos impartiendo.”

Lo de entonces se sigue repitiendo hoy y nos obliga a pensar que la educación que estamos dando  no sana la barbarie humana. No basta creer que el aumento de nivel cultural garantice mayor equilibrio y paz social. Con esto no estoy para nada en contra de la educación sino en contra de un tipo de educación descarnada que estamos dando. Se enseña de todo en la escuela menos lo esencial que es el arte de ser felices, la asignatura del amor al prójimo, el respeto. La urgente materia de la solidaridad con el dolor de todos los pueblos que habitan esta aldea global.

Me asombra pensar que el terror que hemos vivido en las calles de Venezuela durante varias décadas haya sido generado por grupos de instruidos estudiantes universitarios.

Pero más aun nos tendría que asombrar que un alto porcentaje de dirigentes políticos corruptos en América Latina han egresado de las universidades católicas.

Hermanos, de nada sirve tener un título de médico si eres capaz de operar un paciente sin que lo requiera, con tal de quedarse con el dinero del seguro. De qué vale un título de cura o de ingeniero si sigues siendo el mismo egoísta que, amparado en una profesión,  haces doble mal a la humanidad. Es un desafío hoy la materia del amor y la solidaridad en la escuela y en la vida de cada educador.

 

@numamolina