Queridos hermanos y hermanas, hoy nos hemos reunido aquí para abordar el tema de la paz. No es cualquier tema, estamos tocando algo tan nuclearmente cristiano, como cristiana es la propuesta de Reino que nos dejó Jesús.

La paz fue el primer saludo de aquel coro de ángeles en las afueras de Belén la noche del nacimiento del Dios hecho niño. Y la paz fue el primer saludo del Resucitado a la comunidad de los discípulos que estaba reunida y encerrada por temor a los judíos. El Señor los conforta aquella mañana  con la paz que él da.

Primero quiero comenzar por una pregunta ¿Qué tipo de paz nos propuso Jesús?

La Séptima Bienaventuranza dice “Bienaventurados los que hacen la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5,9) Pero ante esta bienaventuranza encontramos citas en las que pareciera que Jesús se contradice.

Mientras que en el evangelio de la infancia los ángeles proclaman “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc. 2,14), en el templo el anciano Simeón dice a María que ese niño “está puesto para que todos en Israel o caigan o se levanten; será signo de contradicción”(Lc. 2, 34b). Esto nos indica que la paz que él iba a traer a la tierra no sería tan “pacífica”. Con él iban a surgir contradicciones y se iban a desenmascarar intenciones ocultas.

Hay otro pasaje conmovedor que nos cuenta cómo Jesús “al acercarse y ver la ciudad lloró por ella diciendo: ojalá tú también reconocieras hoy lo que conduce a la paz. Pero eso ahora está oculto a tus ojos” Ayer meditando este pasaje que correspondía en la liturgia el Papa expresó: “el rechazo del  “camino de la paz” hace que Dios mismo, que Jesús mismo, llore”

No olvidemos que para el pueblo judío LA PAZ (Shalom) era la síntesis de todos los bienes prometidos por Yahvé, era el don por excelencia que el Mesías esperado traería. Sin embargo este Jesús que llora porque Jerusalén no ha comprendido su paz es el mismo que nos dirá “¿Piensan que he venido a traer la paz a la tierra? No he venido a traer la paz sino la división” (Lc. 12,51)

Estos textos vienen a aclararnos lo que significa la paz que trae Jesús, una paz que lleva consigo el conflicto. Por de pronto acudamos a una cita de Jn. 14, 27 “les dejo la paz, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde” Fijémonos, esta paz es un don, un regalo, Él nos la da, no la impone, la regala y aquí volvemos a lo que citaba antes, “la paz es el don mesiánico por excelencia” Pero nos puntualiza que la paz que nos deja es suya (mi paz), diría Chércoles un amigo jesuita español, es una paz “Made in Jesús” porque es una paz original que no es como la da el mundo.

Y ¿cómo la da el mundo? Imponiéndola. Así lo hacía el imperio Romano de su tiempo y así los hacen hoy los imperios, la imponen con su poderío armamentista. Este amigo que cité antes dice que él ha tenido el honor de ser quizá el que  “más años de paz” ha tenido “50 años de paz” 25 en España de Franco y luego en América 25 con Stroessner en Paraguay.

El concepto paz

Hermanos,  es necesario distinguir los contenidos del concepto paz: por ejemplo,  confundimos “período de paz” con “período de tranquilidad”  y ¿qué es tranquilidad? Es ausencia de perturbaciones, de molestias. Es la paz de ciertos conjuntos residenciales: no te cruzas con nadie, todo es tranquilidad pero los vecinos ni se conocen, eso si, no se molestan. Un “bien” que nos provoca un aislamiento estúpido y empobrecedor. Somos seres en sociedad, en comunidad, aislados perdemos nuestra esencia.

Tranquilidad leí por ahí que probablemente viene de “tranca” Tranco la puerta y me encierro en mi mundo. Es una paz que apunta a que yo no sienta ningún riesgo, que nada me perturbe, que yo esté seguro. No nos engañemos esa es la paz que el mundo pide y exige, hoy podríamos decir, una paz hija del individualismo generado por el mundo del capital, que la consideran tan necesaria que hay que imponerla. Pero la paz cristiana no se impone, en el momento que se impone deja de ser paz cristiana.

La paz cristiana se construye. No es la ausencia de conflicto, tampoco es la anulación del otro, es algo positivo que se va haciendo en la medida que vivamos la reciprocidad de la fraternidad y esto trae consigo la necesidad superar conflictos para poder encontrarnos.

El concepto de paz que el mundo da es el de la “co-existencia” estar junto a otros pero sin molestarnos. Es muy válido el hecho de no molestar al hermano, lo que pasa es que esa coexistencia es para que me “dejen en paz”. La paz que nos deja Jesús no es desde la coexistencia,  es una paz desde la convivencia, palabra hermosa que en muchas otras lenguas no existe.

La paz que nos dona Jesús es una paz que la tenemos que construir desde el conflicto porque es una paz con justicia. Y para que haya justicia vamos a tener que armar lio como dice el Papa Francisco. Es una paz que debemos construir sin perder nuestra identidad y no faltarán quienes quieran que la perdamos en aras de su egoísmo. Decía el Papa a los Movimientos Sociales en Paraguay “dialoguen pero sin perder su identidad y su identidad es el amor a la patria” Pues la paz de Jesús es una paz que pasa por el discernimiento de lo que amamos, de lo que son nuestros valores como pueblo,  no es una paz que la consigo trancándome, no es tranquilidad.

La paz que nos deja Jesús como tarea la tenemos que amasar como la harina para el pan, hasta que dé el punto y en ese amasar hay lucha, hay esfuerzos, hay trabajo. Hay figuras en nuestra América que son emblemáticas, comenzando por Bartolomé de las Casas hasta Ignacio Ellacuría y Compañeros Mártires, Mons. Romero. Todos murieron apasionados por esa paz como tarea,  sin huirle al conflicto.

Si no, preguntémosle a Rigoberta Menchú o a Pérez Esquivel si para ellos la tarea de construir la paz ha estado ausente del conflicto. Construir la paz al estilo de Jesús no es en este momento generar más terror y muerte en el medio oriente a través del poderío armamentista, sino forjar de las lanzas podaderas como dirá el profeta Isaías. De las infinitas sumas de dinero en portaviones y armamento bélico generar pan, techo, tierra y trabajo para que esos pueblos vivan dignamente. La guerra que hoy vive la tierra de Jesús y sus países vecinos es producto de un largo período de terror y violencia llevado vergonzosamente  por el occidente cristiano.

Cuando hoy desde América Latina y El Caribe nos declaramos tierra de paz, puedo afirmar que  si es desde el punto de vista cristiano,  estaríamos afirmando cuatro aspectos que me parecen muy importantes:

  1. Que no estamos interesados en la paz impuesta por las armas, no es la paz de las bases militares, enclaves que de por si ya son violadores de la soberanía de las naciones
  2. No es tampoco un pacifismo donde los países coexistentes en lugar de convivir.
  1. Pero sí es una convivencia de naciones hermanas, no ausentes de conflictos pero que tienen como identidad común la opción por una vida recíproca de fraternidad. Es una paz que la vamos construyendo en la medida en que las inmensas mayorías históricamente ignoradas se van encontrando en los mismos caminos. “Necesitamos instaurar esta cultura del encuentro, porque ni los conceptos ni las ideas se aman” Papa Francisco.
  2. Siguiendo el rico magisterio del Papa, la paz que queremos vivir hoy  desde América Latina y El Caribe es una paz sin injerencias ni tutelas de potencias extranjeras: “Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia, porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia» (Pontificio Consejo Justicia y Paz,Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157)

Creo que desde una dimensión política de la fe, nuestro compromiso como Iglesia Católica es con esta paz que nos regaló Jesús. No es fácil, pero ¿quien dijo que el seguimiento de Jesús es fácil? Apasionante si. Ya él nos lo dejó bien claro, “quien quiera seguirme que tome su cruz cada día y se venga conmigo”. Por eso hoy, en Venezuela y en el mundo uno de los retos más urgentes para la  Iglesia católica es la responsabilidad política de tejer cada día la paz con justicia (el Shalom),  amasada con amor en medio de las tempestades de este mundo.

Numa Molina.